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Robots y política

Lo bueno de la noche es que hay silencio, lo bueno del poder es que puedes. Por la noche puedes, a través del silencio, viajar tranquilamente por toda tu mente y dejarte sentir y pensar sin distracciones todo aquello que recogieron tus sentidos.

Los últimos meses, quizá años, sin duda lo requieren, estamos asistiendo en directo y día a día a fenómenos políticos de un enorme calado social. La maquinaria de la información junto con tantas campañas electorales nos han atiborrado del Prozac que abarrota los sentidos, los pensamientos, ralentiza la reflexión y paraliza la decisión.

Los momentos complejos son así, pasan y uno no tiene una idea clara de lo que está sucediendo, son demasiados los contrapuntos, las contradicciones, los galimatías, parece todo tan virtual que se distancia de la percepción directa para pasar a otra más distante, de esas que no mueven molinos. Es normal, mientras unos trabajan informándonos o creando la información y otros intentan formar gobierno, nosotros seguimos con nuestra vida diaria, con sus problemas y sus conflictos, con su hastío o seguridad desde la repetición o simplemente desde el hábito. La mayoría somos dependientes de nuestra salud en primer lugar, del dinero en segundo lugar y de las relaciones en tercer lugar, o algo así, poco más o  menos, no importa demasiado ser aquí muy preciso se entiende cuál es nuestra realidad.

En noches como ésta, más nocturna que nunca, me pregunto si somos conscientes de cuántos hechos asumimos sin pararnos a pensar por qué tiene que ser así y no de otra manera. Asumir que hay que trabajar para vivir es algo que casi nadie pone en duda, creer que si no hay gobierno las cosas nos van a ir muy mal también parece estar muy claro, escuchar a nuestro partido o nuestros líderes y repetir las palabras en las charlas de trabajo, de café o de bar también parece que se arme con toda normalidad.

¿De qué vamos a hablar si no es de la actualidad, de esa realidad que nos construyen desde los medios de comunicación y que aparentemente marcan la agenda de nuestros pensamientos?

Muchos diremos que nosotros no nos ocurre que nos ocupamos por nuestras cosas y que esta cuestiones  nos preocupan relativamente, a cierta edad —dicen algunos— se suele ser bastante escéptico y el pragmatismo y los propios intereses parecen estar antepuestos. En realidad es mentira, anteponemos constantemente nuestros verdaderos intereses. ¿O quizá es al revés y mezclamos nuestros intereses con ese batiburrillo de bondades que nos despliegan desde eslóganes y argumentamos mediáticos?

¿Por qué cada mañana nos levantamos para ir a trabajar? Qué pregunta tan tonta, porque de lo contrario no obtendríamos dinero a cambio de nuestro trabajo, sería probablemente la respuesta generalizada. ¿Pero es verdad? ¿Qué ocurrirá cuando los robots hagan la mayoría de los trabajos y no haya trabajo para tantas personas?¿De verdad creemos que esto está tan lejos de que ocurra? Ya existen planes para que un robot pueda hacerse cargo de todos los trabajos de la casa, o de que hagan los trabajos que más fuerza y resistencia requieren o esos en los que se precisa una habilidad matemática en cada movimiento. Y lo que es más real los robots trabajan 24 horas y no se cansan. Parece que nosotros tampoco nos cansamos de lo que no nos conviene en pro de esa seguridad manifiestamente falaz que sentimos desde las costumbres y desde las convenciones sociales.

Existe ya un pinganillo de oreja que se lo ponen dos personas y pueden entenderse en cualquier idioma sin necesidad de aprenderlo, cada frase o palabra que se dice se traduce al idioma del que lleva el otro pinganillo y al revés. Todavía comete errores pero en un tiempo prudencial lo hará de una forma impecable.

Estos y otros éxitos de la técnica cambian nuestras vidas, cambian el sistema productivo, cambian las sociedades y por consiguiente cambian a las personas en todos sus ámbitos. ¿Qué leyes nos protegerán para poder vivir con las mínimas necesidades cubiertas cuando el mundo del trabajo nos eche porque tienen máquinas más eficientes que nosotros y solo unos pocos sean necesarios para mantener el sistema?

Caben miles de hipótesis y elucubraciones ante tales preguntas.

¿Tendremos un robot que cotiza a la Seguridad Social y nos garantiza una renta básica que nos pagará el Estado?

Seguramente. Cosas más raras estamos viendo y casi sin inmutarnos.

Habrá que aprender a desaprender para volver a aprender. Igual con un cortocircuito.

alejandroagustina.blogspot.com

 

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