Opinión: «El dolor de no ser perfecto», por Alejandro Agustina Cárcel

Post també disponible en: Valencià

La mente humana es un complejo desordenado, caótico a veces, se ve afectada por las tendencias, los sentimientos, las emociones, por las pasiones, la propia biología y quién sabe que más (autodestructivas o no). Ser consciente, ordenar todo eso, dar el valor que tiene cada uno, o la mezcla de varios, es una tarea que creo no se resuelve del todo en  una sola vida. Intentos hay muchos y en diversos momentos o ciclos, con sus escalones y escaleras. Alguien dijo que las personas damos dos pasos hacia delante y uno hacia atrás, dos pasos hacia delante y uno hacia atrás, el resultado es que siempre damos un paso hacia delante o eso al menos dice la teoría. Lo duro es cuando tenemos que dar ese paso hacia atrás, ese que lo marca todo, que hace mella en lo más profundo de nosotros mismos, si es que somos algo más que materia.

Mi mejor amigo mejor- como decía uno de mis hijos cuando era más pequeño- me respondía después de una torrada de un par de horas dando todo aquello que me llenaba y tenía que sacar en un continuo y desatado verbo: “La teoría veo que la tienes muy clara, impresionantemente clara”, sentenciaba… Mi cabeza se quedaba pensante sin movimiento alguno, tenía razón, la teoría estaba muy clara, la practica es algo más complejo. Los pocos que me hayan seguido en mis escritos saben que suelo darle vueltas a lo mismo desde hace muchos años desde distintas perspectivas, en el fondo siempre expreso lo mismo: No es lo mismo la teoría que la práctica, no se puede juzgar a nadie “ sin conocer su infierno”, es muy fácil hablar o comentar desde la comodidad de las redes o el estatus económico o desde la seguridad. Sí, aquellos que no han arriesgado nada, textualmente nada en toda su vida. Los demás, los que arriesgamos cada día y nos cuestionamos cada hora, tenemos calificativos menos amables y no somos lo que se llama en política un mirlo blanco. Mi desprecio a todos aquellos que hablan sin saber, somos demasiados los que opinamos sin siquiera una sola vez besar con pasión los límites.

Llevo toda mi vida leyendo y escuchando lecciones que aleccionan de personas que jamás han tenido ninguna experiencia real sobre lo que están hablando. Suelo usar la frase robada pero importante: “Treinta años de experiencia no es un año repetido treinta veces”. Esta frase me ha causado más dolor que el mal entendido amor, si algo tengo claro es que de amor se ha hablado hasta la saciedad y qué pocas personas entendemos que es el amor en realidad. Con la vida genéricamente pasa tres cuartas partes de lo mismo, no se entienden las decisiones que no siguen las convenciones sociales, se supone que lo que todos hacen o dicen aporta más verdad que la ocurrencia o la experiencia de un solo individuo, y hay que decirlo hay una gran parte de verdad en esto, nadie quiere pasar el inmenso dolor que conlleva intentar ser lo más perfecto posible, entendiendo como perfección su primera acepción en el diccionario de la lengua española: “Que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea.”

La mayoría tendemos a movernos en pro de un ideal, para cada uno es semejante o distinto no importa, queremos que nuestras vidas tengan un cierto sentido, ya sea a través de nuestras familias, de nuestros hijos, de nuestros amigos, de nuestro trabajo y un largo etcétera. Pero lo que no podemos evitar, de ninguna manera, es tender a ser perfectos de acuerdo cada uno a su ideal. Esto es algo maravilloso en sí mismo y quizá el norte en cada brújula vital, pero a la vez es una losa muy pesada que arrastramos como una especie de penitencia, todo aquello que no se acerque al ideal construido en nuestra mente, en nuestra vida más real, es un cuchillo afilado que rasga nuestra delicada piel y llega hasta la carne, el dolor es inmenso.

Aquí debería nacer la perspectiva humana, aquella que ordena y mide, la que nos hace entender nuestras capacidades y condicionamientos, aquella que resuelve que somos un ser en potencia que piensa, actúa y siente todo el tiempo, aún durmiendo… y que es blando y duro, triste y alegre, incapaz y capaz, y no sé cuántas cosas más, no importa ahora. 

Lo que importa ahora es decirles que nadie es perfecto, que nadie tiene la verdad, que por mucho que nos creamos, sabemos muy poco, y que lo importante de verdad es conocernos para poder medir y ordenar con cierta claridad.
No hay mayor dolor que no cumplir con nuestro propio ideal. Tengan cuidado con la fantasía, tan necesaria y tan peligrosa como intentar vivir sin la cárcel del qué dirán.

Alejandro Agustina Cárcel

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