Después de diez intensos y emotivos años, Luis Molina Mestre se marcha de Buñol con sentimientos ciertamente encontrados. Su honestidad, sus ganas de trabajar por los demás y, sobre todo, su cercanía son cualidades que lo definen como párroco. En lo personal, ha sabido estar siempre al lado de quien le ha necesitado, huyendo de todo protagonismo. En su despedida, Luis Molina ha recibido numerosas muestras de afecto y cariño, todos ellos bien merecidos.
— PREGUNTA: ¿Cómo y quién le comunicó el nombramiento como Vicario Episcopal territorial de la Vicaría VI (La Ribera)?
— RESPUESTA: Normalmente, en las reuniones sacerdotales es donde se tratan estos temas con el Arzobispo. Fue precisamente él quien me presentó esta posibilidad, por lo que comencé a planteármelo. Llevo diez años en San Pedro Apóstol de Buñol, a lo que se une el hecho de que mis padres están mayores y requieren que esté más cerca de ellos. Es por todo ésto por lo que no vi mal esta posibilidad. En este caso, sustituyo a un párroco que falleció recientemente y que tenía las mismas responsabilidades que ahora asumo yo. Se entremezclan muchas cosas en este tipo de casos, pero finalmente dije que sí.
— ¿Podemos considerar que este es un paso adelante en el ejercicio de su labor sacerdotal?
— Este es un cargo limitado a cinco años. Se trata de estar al servicio de los sacerdotes y de actuar como nexo de unión con el Obispo. La gente considera que este es un paso adelante, aunque yo creo que es un servicio más que se realiza durante un tiempo limitado. Posteriormente, volveré a ser un párroco más. No sé si en Cullera, donde voy a estar ahora, o en otro lugar. Es un servicio que asumo con muchísimo gusto y responsabilidad.
— ¿Qué implica exactamente el cargo?
— La diócesis se divide en ocho zonas y en cada una de ellas hay un Vicario Episcopal. Son ellos quienes se encargan de que el Obispo esté siempre cerca de las parroquias y, en definitiva, de los feligreses. Es a través de los vicarios y del contacto permanente como se consigue todo ésto. El Vicario se encarga de acompañar a las parroquias y estar junto a todas ellas.
— Diez años después de su llegada a Buñol, ¿qué sensaciones le provoca esta despedida?
— El hecho de que todo esto de mi marcha comenzara a saberse en Semana Santa ha hecho que todo sea mucho más difícil que si se hubiera producido de una forma rápida en la que apenas da tiempo a nada. Al pueblo de Buñol lo llevaré siempre en el corazón, pues he vivido y disfrutado de una gran experiencia. Debo agradecer el amor que he recibido y el trabajo de la gente que me ha acompañado en las parroquias, tanto aquí, en Buñol, como en Siete Aguas. Ser párroco en este pueblo es fácil, pues la gente ayuda mucho. He intentado hacerlo bien, aunque es cierto que siempre quedan cosas pendientes. No puedo olvidar que la vida del sacerdote consiste en ir de un sitio a otro, acercar a Dios a los vecinos con los que convive y tratar de ayudar en todo lo que pueda.
— Supongo que durante todo este tiempo ha vivido tanto buenos como malos momentos. ¿Cuál ha sido el peor? ¿Y el más satisfactorio?
— Bueno… Debo reconocer que no hay momentos concretos que pueda catalogar como los peores. Lo que sí que ha sido difícil es ver sufrir a las personas y ver que lo pasan mal. Es aquí cuando uno se siente mal y trata de ayudar en lo que puede. En la otra parte, me quedo como algo positivo con las celebraciones de las fiestas y los actos destacados del pueblo. Uno de los momentos importantes ha sido, sin lugar a dudas, la visita de la Virgen Peregrina a Buñol. Y ha sido importante porque, después de muchos años, la patrona ha podido acercarse a la gente que sufre y que padece, así como a quienes, por enfermedad, viven momentos complicados.
— ¿Qué le diría a todos aquellos vecinos que han estado junto a usted en el día a día de las parroquias de Buñol y Siete Aguas?
— Las dos palabras que me vienen a la cabeza en estos momentos son perdón y gracias. Perdón por no haber podido llegar a hacer determinadas cosas y también por todo lo que no haya salido bien. Y gracias por el trato recibido durante estos diez años. Siento un amor grandísimo aquí y, la verdad, todos han hecho que me sienta muy cómodo durante todos estos años. Debo reconocer que pesa mucho dejar todo ésto.
— También se le ha visto muy implicado en el colegio Sagrada Familia. ¿Por dónde pasa el futuro del centro educativo?
— La continuidad del colegio va implícita en el propio día a día. El ideario es el mismo que el del resto de los centros diocesanos. Gracias a Dios, se ha hecho mucho y un gran trabajo antes de mi llegada, por lo que he intentado darle continuidad. Quien me sustituya como párroco, no sólo lo hará en las dos parroquias de Buñol y en la se Siete Aguas, sino que también asumirá la titularidad del colegio. La línea a seguir está claramente definida.
— En un plano más personal, ¿podemos afirmar que se siente un buñolero más?
— Creo que eso lo tienen que decir los propios buñoleros (ríe). En estos casos, cada rincón del pueblo es un trocito tuyo, pues en cada uno de ellos has vivido cosas importantes. Este es un pueblo al que quiero y que es parte importante en mi vida. En él han sucedido numerosas cosas que van dejando huella. He tenido la oportunidad de recibir a los recién nacidos, así como despedir a personas con las que sentía un gran afecto. Son muchas las sensaciones que se entremezclan. La vida del sacerdote es impresionante.
— ¿Le veremos algún día nuevamente entre nosotros?
— Normalmente, la idea es que en estos casos pase un poco de tiempo hasta que todo se asiente. Es posible que algún día pueda volver a Buñol. Nunca se sabe. De todas formas, debo decirle a todos los buñoleros que allá donde esté tendrán las puertas abiertas para venir cuando quieran. En Buñol se queda un trocito de mi corazón.

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