Post també disponible en:

Domingo Martínez (Buñol, 1963) es un poeta, diseñador e historiador. Siempre relacionado con la esfera cultural participó en la escena musical en los años 80 y 90 (TV Soviética, Ultramarina, Last Zebras…). Estuvo en la fundación de publicaciones culturales locales siempre rebeldes y críticas (La Razón de la Discordia, Neo-Nada, El Grito, Panderrana). Es historiador y cuenta con varios trabajos de investigación publicados. Trabajó como diseñador gráfico, y su iconografía corporativa y publicitaria todavía puede contemplarse en nuestro paisaje urbano y en las publicaciones de los noventa y dos mil. Entre sus publicaciones poéticas se encuentra Visión que nada precipita (1984); Paseos en moto con sidecar (2009); y este Elogio del equilibrio ( 2026), prologado por el filólogo Xabier Botella Gras y editado en la colección «La poesía es nutritiva” con el número cuatro. Es esta una editorial Kooperativa autofinanciada, que creemos quienes la impulsamos, apuesta por la poesía desde los más bajos fondos (monetarios) pero desde la voluntad más feroz y rebelde en este camino de palabras y sentido, que emprendimos hace ya unos años.
La presentación será el sábado 25 de abril a las 19,00 horas en la Sala Raga de la Biblioteca de Buñol. Siempre una buena ocasión para comprar y regalar un libro de uno de los interesantísimos escritores de estos momentos.
— ¿Cómo se traduce desde la perspectiva vital aquel verso de tu primer poemario (Visón que nada precipita, 1984) “donde nace el horizonte como un teatro griego” , como nostalgia de una vuelta a la creación pura o como rebeldía frente a la impostura?
— Supongo que te refieres a cuál sería la intención de aquel verso… Pues bien, aunque no soy mucho de explicar el significado de mis poemas he de reconocer que aquellos versos tampoco tenían una intención precisa. No obstante, en la interpretación del lector, que es la única válida, puedo sumarme como lector de mi propia obra a encontrarle un nuevo sentido, teniendo en cuenta que tendría que situarme en una experiencia del pasado. Aquel primer poemario, plagado de referencias surrealistas, se nutría de imágenes poderosas. Era, por así decirlo, muy visual o plástico —que diría algún crítico—. La metáfora de un horizonte abierto conectaría como en gran parte de mis poemas, con mi preocupación por el paso del tiempo y el futuro, a pesar de la juventud de aquellos versos. Sin embargo, la perspectiva de aquella visión tenía que ver sobre todo con la imagen onírica del lugar donde vivo, la orografía de Buñol, como un teatro griego abierto frente a un mar de horizonte inmenso, una imagen clásica del mediterráneo que nos identifica. Con todo, en el poema se inscriben además referencias a las ruinas, la historia y la vuelta al origen de las cosas. En ese sentido, se acercaría a tu interpretación. De todos modos, como ocurre con la memoria, el significado que le encuentro hoy es el actual, infectado de bagaje. Seguramente entonces no tendría la misma intención o simplemente no la recuerdo.

— Decía Celaya en la Revista de Occidente que los “Nuevos medios de transmisión sonora (radio, micrófono, disco, magnetófono) están llamados a producir un cambio en la poesia de signo inverso al que la revolución técnica de la imprenta produjo en su día”. ¿Sigue siendo la poesía el arma de futuro en un universo comunicativo dominado por los algoritmos?
— Desde luego si Celaya lo dijo en tiempos analógicos, su preocupación sería máxima en estos tiempos de vértigo con las nuevas TIC y la IA generativa, aunque no dudo que seguiría defendiendo la poesía como arma poderosa. No obstante, hay que recordar que muchos autores posteriores le refutaron su ingenuidad respondiéndole, como decía Wolfe, que si “la poesía es un arma cargada de futuro… el futuro es del Banco de Santander”. En mi opinión, la poesía (en sentido amplio), la cultura o simplemente el librepensamiento, han tenido en la historia un poder transformador y por eso fue en muchos momentos peligrosa. Y es por eso que en estos tiempos “mercantilizados”, no solo conserva al menos una intención transgresora; sino que se hace necesaria por su poder comunicativo al liberarnos de los miedos y la sumisión a los poderes de discursos únicos y del no-pensamiento, esos que hoy en día procuran la intromisión de los algoritmos en nuestras obedientes vidas. De todos modos, a pesar del desencanto de la posmodernidad y una cierta desafección del compromiso, la poesía y su carga social, no tanto “de retórica combativa”, siguen estando vigentes. Y por eso, salvando los escollos tecnológicos y de las “redes” que nos atrapan… y a pesar de que su proyección real sea aún minoritaria, su ambición debería ser máxima si se adapta a las nuevas herramientas comunicativas y su enorme potencial de difusión para conectar a una amplia audiencia (comunidad virtual lo llaman). Aunque suene ingenuo, no concibo una poesía lato sensu (arte, literatura, teatro, cine, música…) resignada al elitismo y la inocuidad.
— “Cargamos de poesía nuestra huida para tener siempre algo que decir incontestable”, decías en uno de los poemas de tu segundo poemario (Paseos en moto con sidecar, 2009), editado en esta colección. ¿Era una declaración de intenciones de esa denominada poesía de la experiencia?
— De algún modo sí. Como iba diciendo, la necesidad de la poesía va más allá de su carga estética pues obedece a un compromiso. La “poesía de la experiencia” fue el escenario en el que nos movimos o sufrimos la gente de mi edad, aunque muchos renegaran de la etiqueta y buscáramos otros modelos. En realidad, la marca hacía referencia a algo obvio en cualquier creación literaria con un cierto compromiso social o simplemente vital. En ese sentido, no sé si tenía esa intención pero la obra se movía en aquellos parámetros. En aquel poemario –con estructura de road movie– los versos se concebían como munición contundente, recordando aquella retórica de “la pluma y la espada” garcilasiana, que recogieran Miguel Hernández, el mismo Celaya o Víctor Jara. Y sí, la poesía de la experiencia como hija de la poesía social, han sido ambas referentes “y paisaje” en mi escritura y mis lecturas.
— ¿Escapa la poesía actual al compromiso de los tiempos que corren o corre más rápido la “moto con sidecar” que el compromiso del escritor con la realidad social que experimenta?. ¿Por qué es tan raro el buen lector de poesía?
— (Ríe… el sidecar me persigue). En realidad sería difícil hablar de una sola poesía actual. Pervive de hecho en las poetas jóvenes aquel afán reivindicativo de la poesía social que abordaba las desigualdades, las identidades, la injusticia… Aunque su perspectiva haya cambiado desde la introspección individual, el pulso vital y la lírica de lo cotidiano; sigue teniendo sentido en esa búsqueda de reconocernos en lo común, de unir causas. De esta forma, aunque la nueva poesía pueda adolecer de un cierto formalismo, no carece de compromiso, aunque este sea menos evidente o más prosaico. De todos modos, el compromiso con el lenguaje no deja de ser un compromiso con la realidad. Por eso pienso que si la poesía ha intentado siempre llenar las páginas en blanco de la realidad, esta debe responder ahora a una circunstancia más compleja, llena de nuevos retos. Por otra parte, la escritura de los nativos digitales debe adoptar por fuerza formas diferentes, como también lo es el público virtual de estos nuevos canales de difusión.
En cuanto al lector de poesía, yo no lo entiendo como si fuera un “otro”, pues me considero más un lector que un escritor y en esa complicidad creo que reside buena parte de su poder. De todos modos, creo que leer “con pausa” poesía en una cultura de la velocidad y la inmediatez le da valor, nos libera de esa esclavitud consumista de lo urgente, y a la vez la exime de su justificación. No en vano, si quisiéramos diferenciar a los “buenos” lectores de “otros”, la poesía no suele ofrecer recompensas inmediatas más allá de si nos deleitamos con ella o la sufrimos, pues en ambos casos esos son sus nutrientes. Esta es su utilidad, pienso.

— ¿Es este “Elogio del equilibrio” la constatación de que la poesía se mueve entre “la realidad y el deseo” a la manera de Cernuda, o más bien según la inevitabilidad de ese “río que nos lleva”?
— En el epílogo del libro intento responder a ese dilema entre “lo contingente y lo necesario” como decían en la mítica “Amanece que no es poco” (ríe). Ahora en serio, la cuestión es clave pues afronta dos formas complementarias de afrontar la creación poética, e incluso la existencia. Y en verdad no creo que haya una disyuntiva entre realidad y deseo, entre lo vivido y lo anhelado, ni entre una poesía que afronte el conflicto y una poesía que recoja el fluir de la vida. Al fin y al cabo, y como recoge el título del libro, concibo la poesía en ese punto inestable en el que el lenguaje intenta asir un mundo que se escapa, que pone nombre a lo real y expresa la debilidad ante lo deseado. Pero en ese anhelo de equilibrio —o de sosiego—, en ese impulso vital y literario, ni la realidad ni el deseo ni “ese río que nos lleva” —como la metáfora heraclitiana— son del todo aprehensibles. Y es en esa ambigüedad o fracaso donde reside la verdad poética. En ese sentido, el libro recoge esa concepción de la poesía que es resistencia, tensión y conflicto, y a la vez intenta fijar la deriva del tiempo, de la experiencia y del lenguaje sin resignarse.
— ¿Crees como decía Pasolini que “la poesia no se consume, que se puede leer miles de veces un libro de poesia y no consumirlo?
— Estoy de acuerdo, aunque no sé si en el mismo sentido que le quiso dar Pasolini. Por una parte creo que buena parte de la poesía es inagotable en sus lecturas y reelecturas pues no ofrece significados cerrados ni inmediatos a diferencia de la narrativa. Tiene esa forma de “ambigüedad creativa”. Por eso quiero creer que los poemas no se agotan con una sola lectura y como en “la paradoja del observador” cada intervención del lector transforma el poema desde sus distintas perspectivas vitales y siempre queda algo que no termina de decirse y que obliga a revisitarlo.
Por otra parte, la poesía podría entenderse como un producto inconsumible —un oxímoron en sí—. Es este sentido el que me resulta más atractivo aunque pueda resultar una quimera. En tiempos de un capitalismo rampante, la idea de la poesía como artefacto inconsumible es muy sugerente. El hecho de que existan productos difíciles que escapan de la lógica consumista de la rentabilidad resulta revolucionario. Sin embargo, el mercado con sus garras insaciables no creo que sea tan benevolente con la cultura, aunque esta sea minoritaria. En el fondo, la idea de Pasolini da sentido a la creación poética, al entender la lectura como un acto inacabable y salvando de alguna forma que esta caiga en manos de una suerte de obsolescencia programada.
— Entonces, ¿piensas que puede digerir el sistema esta editorial de la “Poesía es nutritiva”?
— Lamentablemente, no soy tan optimista como Pasolini. Aunque la poesía, en un sentido ideal, no sea consumible, los libros de poesía también son productos de consumo. Creo que es difícil escapar de las garras del mercado, aunque resistirse es una obligación. Al fin y al cabo, cada movimiento en este mundo mercantilizado esta mediatizado: el coste de la producción, la distribución, las ventas… De todos modos, aunque sea solo una apreciación, el hecho de tener un cierto control sobre tu “producto” te libera un poco de esta lógica del sistema (llámalo mercado) que intenta asimilar y fagocitarlo todo. Esa autonomía es la esperanza de este proyecto editorial autofinanciado que intenta “alimentar” con versos.
— Para terminar: Versos, música, arte comprometido. La palabra justa para alcanzar la belleza. Una lucha por lo común que nos une a todas las personas. ¿Sigues habitando ese “Grito”?
— Pues bien… quiero pensar que sí, que mi forma de entender la creación, en lo básico, no ha cambiado mucho, aunque también sea falaz creer que nos podemos desembarazar de esa deriva biológica. Pero sí, hay cosas que persisten en mi forma de entender la poesía, la literatura, la música, el arte. Porque no puedo deshacerme de la vieja idea aristotélica de la catarsis que desarrolló en su segundo libro de la poética (aquella trama del libro perdido en “El nombre de la rosa” de Umberto Eco). Ese poder estético de las palabras justas (y las imágenes y los sonidos) conecta a las personas en un estadio de desahogo de la memoria colectiva. Por eso, compartir la experiencia poética es peligroso, porque desactiva los miedos que nos inculcan los poderes (el estado, la iglesia…) para ser gobernados en la obediencia. Junto a la transgresión del lenguaje y un cierto impulso libertario al expresarme, aquella intención de encontrarnos en el sitio común de la belleza, es uno de los motores de mi escritura. No en vano, el equilibrio que refiere el libro que presentamos, representaría “ese contrapeso siempre inestable” que se sostiene con otro apoyo —como las ruedas de un sidecar—, ese sitio común que nos descubre que no somos tan distintos en esa búsqueda de un lugar más soportable, pues a través de la poesía podemos coincidir en ese camino para darnos cuenta que la vida sucede mientras tanto.
