Opinión: «Una dosis de humildad cuidada», por Miquel Ruiz

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Cuando trabajaba en un diario como corresponsal de esta comarca me ofrecieron un par de cabecillas del Camp de Turia -un alcalde y una alcaldesa de dos pueblos diferentes y de sendos partidos de ideología opuesta- un encargo para confeccionarlos un boletín de información juvenil (bim) para sus respectivos municipios. Me opuse tajantemente. Sin lugar a dudas. Les propuse que encargaron el trabajo a otro periodista para evitar ningún tipo de malentendido. Quería mantener mi libertad e independencia a la hora de redactar cualquier tipo de noticia negativa sobre su gestión política al frente de la administración local. No quería mezclar el trabajo periodística en una empresa privada con otra faena, paralela, en una administración pública. Desgraciadamente, se trata de una manera de funcionar muy extendida por todas partes del mundo periodístico. Hay muchas formas de intentar «comprar» un periodista para evitar las críticas con el dinero público. El dinero que pagamos todos los contribuyentes puntualmente.

Toda la vida ha habido ese tipo de comportamientos. En las películas americanas es de lo más habitual los relatos sobre los fondos de reptiles, aquellos que consisten en comprar sutilmente un periodista. Además, sin embargo, no es necesario profundizar demasiado para averiguar que en momentos puntuales como el actual, donde se divisa una crisis económica global donde los medios de comunicación son una parte afectada, es esencial encontrar el punto idóneo para que la independencia informativa esté garantizada. La relación entre un político y un periodística debe estar basada en la lealtad, a pesar de ser conscientes de que no es nada fácil porque de un lado se trata de publicar lo que interesa a la opinión pública mientras que la otra parte -el político- mira que los medios de comunicación no pueda trascender nada que malogre su imagen. Es en ese momento que radica el punto más importante en esa relación. El problema verdadero acontece cuando se preocupan por el medio encuentros que van más allá del aspecto profesional: comidas, cenas, sartenes y todo tipo de celebraciones, de lo más distendidas, que pueden salpicar esa relación de una pátina de peligrosa hipocresía entre ambas bandas.

Las relaciones bilaterales no convergen siempre. A veces, continúan caminos paralelos que no llegan a comunicarse. La cantidad de días que ha habido en este confinamiento me ha servido para observar cómo es de importante la transparencia informativa por parte de las administraciones y es en ese escenario donde los periodistas arrancan una importancia vital a la hora de aportar a su audiencia los datos que necesitan a la hora de tomar decisiones. Y cuando se les mete cualquier tipo de trabilla o palo en las ruedas, la perspicacia periodística aumenta en importancia a la hora de intentar superarlas. Y en esa tesitura, saber quién impone a quien la agenda informativa es muy importante. Periodista y político están muy interesados ​​en insertar una serie de temas en el día a día informativo.

Es por eso que uno de los aspectos que más me han sorprendido durante esta pandemia es la manía que ha habido de los políticos para poner en valor el comercio de toda la vida en el centro de las compras ciudadanas. Y a fuerza que lo han conseguido. Han conseguido insertar su objetivo en el debate público. Muy loable la iniciativa. Sin embargo, parece que van con un poquito de retraso. Desde que nos hemos confinado en casa por culpa de la pandemia que afecta al mundo, parece que nuestros políticos han descubierto repentinamente el comercio local, le han dado la importancia que se merece y han esparcido por todas partes de las redes sociales invitaciones para que la gente haga sus compras. No sólo por una cuestión de proximidad geográfica a fin de evitar su desplazamientos innecesarios sino sobre todo por la calidad de sus productos y para que al mismo tiempo con esa acción ayudamos a mantener los negocios de sus propietarios que, en la mayoría de ocasiones, son vecinos del barrio o, incluso, amigos o conocidos de nosotros mismo. Es en momentos como los actuales, rodeados de incertidumbres y de miedos, cuando las personas hacen más caudal de las cuestiones sentimentales atizadas por la clase política que aprovecha para mostrar su cara más solidaria y amable. El comercio local hace tiempo que es en nuestras calles y barrios, aunque parece que algunos lo han descubierto ahora en pleno Estado de Alarma.

Sin embargo, ese comercio de proximidad no atraviesa desde hace tiempo una buena salud. En términos médicos, podríamos decir que aún está vivo pero sufre una serie de problemas y obstáculos que han dañado su situación considerablemente. La cuestión habría que buscarla hace décadas atrás cuando proliferaron por doquier las grandes superficies comerciales con el visto bueno, precisamente, de los políticos que ahora se esfuerzan por evitar el hundimiento del pequeño comercio. Los mismos que con la sede mano han permitido la instalación de supermercados por todas partes de sus términos municipales con los que el comercio casero no puede, de ninguna manera, competir ni en el precio de sus productos ni en su variedad. Y, por supuesto, en la capacidad logística y de distribución de las grandes cadenas comerciales que, incluso, llevan los productos en casa. Deben aportar otros elementos intangibles como el trato personalizado con el cliente que, a la hora de la verdad, quedan en un segundo plano. Los precios más asequibles fruto de la producción en economías a escala y la variedad a la hora de escoger los productos de la cesta de la compra suelen ganar siempre. En esa cuestión, precio y cantidad, los políticos no tienen nada que hacer en una economía de libre mercado y en un mundo globalizado que se encarga de repartir todo tipo de productos en pocas horas desde una parte a otra del mundo . Ahora, sin embargo, los políticos sí tienen mucho que decir en cuanto al planeamiento y la ordenación territorial de sus municipios.

Es cierto que los pequeños comercios deben afrontar con fuerza el empuje de las nuevas formas de compras sociales: internet y las redes sociales. Añadirse o huir. Ese es el dilema que deben digerir actualmente. Saber modernizar a ellos para llegar al máximo de público, hacer uso de las nuevas tecnologías para vender y, además, acoplar su oferta al límite de los gustos de los demandantes potenciales. No queda otra hacer enderezar la situación.

Un vistazo a nuestras comarcas es suficiente para enterarse de todas las consecuencias que se han sucedido a partir de la proliferación de centros comerciales en los municipios, tanto en cuanto a la merma del tejido comercial local como la vertebración social , especialmente en usos y costumbres sociales. Ir a los centros comerciales se convierte en un acto que ha tomado empuje a las familias desde que se han implantado en los pueblos. El Campo de Turia no es ajeno a esa tendencia que se vive en todo el país y representa, a grandes rasgos, ese crecimiento exponencial de superficies comerciales que crecen a costa de los pequeños negocios que tienen, cada vez más, muchos problemas para sobrevivir. Sería bueno que los políticos se tomaron más en serio la cuestión del pequeño comercio y que esa preocupación no se limite sólo a determinados momentos. Deben dejar de continuar con su táctica de firmar en una mano los permisos y las autorizaciones municipales para que se instalen centros comerciales enormes mientras por el otro lado se dedican a pedir a sus vecinos que compran en comercios pequeños que siempre juegan con una desventaja evidente. Son necesarias muchas dosis de empatía que se deben demostrar con hechos tangibles. Sería bueno que esa repentina moda por el comercio local no se acabara tan pronto finalice el confinamiento o la crisis médica que durante tantas semanas nos ha afectado. Por lo menos, todavía hay ayuntamientos como el Eliana, Llíria, Loriguilla, Ribarroja o Vilamarxant que han pensado a la hora de apoyar sus autónomos con ayudas directas -se sumarán más en los próximos días- y concejales que han dedicado una parte de su sueldo a la labor social, como el caso de Jaime Ruix en La Pobla, entre otros.

Miquel Ruiz, periodista de la Pobla de Vallbona y asesor de comunicación.

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